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martes, 23 de diciembre de 2014

Poka-yoke y la producción imposiblemente perfecta



Segundo de carrera. Sentado en una solitaria silla en primera fila en un examen de la universidad, la mirada de mi profesor se clava en mi hoja de papel mientras intento resolver el lío de demostración algebráica de "Teoría de Mecanismos". Escribo una cosa, y la cabeza del profesor se agita de lado a lado en signo de desaprobación. Escribo otra, mismo resultado... A la tercera se escucha "claro, así sí". Acabé aprobando ese examen, y en parte, sin duda, esa ayuda de algo me sirvió.

 

Pues no es muy distinto este extremo a lo que está sucediendo, cada vez más, en las líneas de producción que implementan el principio "poka-yoke" de calidad. Vamos, producción "a prueba de errores". Un principio que, cuando no hay una automatización completa, sirve para garantizar la calidad del producto y su trazabilidad.

Desde el Porsche 918 Spyder hasta el motor Ricardo M838T (el de los McLaren 650S y P1), este sistema productivo está revolucionando la manera de entender la producción de series cortas de coches. Y por eso (y porque por otros motivos estoy estudiándolo estos días), te voy a explicar cómo funciona tras el salto.


La producción artesanal a prueba de errores se logra a base de tener un ordenador vigilando permanentemente a los operarios

El sueño de cualquier ingeniero de producción al que se le encarga fabricar cualquier mecanismo complejo es poder automatizarlo todo. Aunque a los sindicatos les pese, ese es el futuro de las cadenas de producción. Y es que los robots son máquinas perfectas para ejecutar tareas repetitivas, una y otra vez, con idéntico resultado en cuanto a precisión. No se cansan, no se fatigan, no se ponen enfermos... Sí, resulta cruel, pero habiendo trabajado como ingeniero de producción me pregunto si no es más cruel consumir a un ser humano horas, días, meses y años realizando una misma tarea repetitiva.

El futuro es de los autómatas, y el estado de la tecnología actual permite que un coche, motor o caja de cambios se puedan montar de manera completamente automatizada, con la supervisión de técnicos de mantenimiento encargados de velar porque todo salga como debe salir y las máquinas no se paren.

El problema de esta solución automatizada está en su maleabilidad y su elevado coste. Si los fabricantes invierten ingentes sumas de dinero en crear plataformas comunes para sus productos es en parte para lograr amortizar mejor las inversiones en estas líneas automatizadas: Los coches que se derivan de una misma plataforma común pueden ser fabricados en la misma línea de producción, por los mismos autómatas.

Pero claro, en cuanto baja el volumen de producción, resulta más difícil justificar la inversión multimillonaria que implica instalar todos estos autómatas. Además, el autómata aún no puede vencer en flexibilidad y capacidad de adaptación al ser humano. Y es que el personal cualificado puede cambiar su rutina de trabajo y modificar los procesos productivos de manera mucho más flexible, rápida y (sobre todo) económica que lo que implica realizar cambios en una línea de producción automatizada.

Y entonces llegan las herramientas inteligentes


Sabido esto, fabricantes que preparan pequeñas producciones seriadas se tienen que plantear producir las cosas de manera más artesanal. Y eso, automáticamente, genera otro tipo de problemas, fundamentalmente de capacidad de repetición constante de un trabajo bien hecho, y capacidad de trazar el origen de los posibles problemas de calidad.

¿Cómo se pueden combatir estos dos problemas endémicos de la producción donde la intervención humana es fundamental? Pues mediante la aplicación del principio "a prueba de fallos", con la ayuda de la tecnología.

Si bien fabricantes artesanales como Caterham o Morgan no aplican estos principios, otros como Porsche y Ricardo (para McLaren), sí lo hacen, como te hemos comentado más arriba.





Para ello, la producción se divide en etapas, como en cualquier fábrica. El truco está en que el montador que se encuentra en cada etapa tiene como compañero de trabajo a un ordenador. Dicho ordenador está conectado a una pantalla, a todas las herramientas que ha de usar el montador, y también a las baldas y la mesa de posicionamiento del ensamblaje con las que va a interactuar el operario.

Cuando se inicia la fase de producción de ese operario, el ordenador muestra en la pantalla el proceso, paso por paso, que ha de seguir el operario a continuación. Si por ejemplo tiene que coger un perno M8, colocar el vaso M8 en la pistola eléctrica de atornillado (no se suelen usar sistemas neumáticos aquí), y proceder al colocado de dicho tornillo, el ordenador vigilará que el operario haga exactamente eso, y controlará el tiempo que tarda en hacerlo.

Si el operario se equivoca al coger el perno, o modifica el orden de ejecución, o sobre-aprieta o sub-aprieta el perno, el sistema manda una señal de error, que queda reflejada en la pantalla. En ese momento se para el proceso productivo e invita a corregir el error al operario. En casos concretos, el sistema llama automáticamente al supervisor de producción.

Todos los pasos productivos funcionan así. De esta manera, no hay forma de que un operario pueda cometer un error humano tangible, salvo que éste circunnavegue las capacidades del sistema electrónico (hay errores posibles que el sistema no puede catalogar).




Sí, es como tener al supervisor constantemente en tu cogote, viendo y comprobando que lo que haces está bien hecho. Pero el supervisor también puede cansarse, y el sistema computerizado nunca lo hace. Tampoco te da charla, así que es menos propenso a los errores por despistes.

Los fabricantes que usan este proceso productivo (mucho más barato de implementar que un sistema automatizado, aunque más caro en cuestión de coste por unidad producida), tienen además la ventaja de que se facilita mucho la selección de personal: No hace falta un montador experto para ejecutar una tarea, ya que constantemente el ordenador da las instrucciones precisas al operario sobre qué tiene que hacer y cómo hacerlo. Se reduce, por tanto, el coste de mano de obra y de formación, ya que no hay que contratar a personal tan cualificado.

En cierto modo, estos sistemas convierten al ser humano en una suerte de autómata gigante, controlado por un ordenador, sin tener que invertir en brazos robóticos y en su programación o amortización tras la instalación física.

Se gana flexibilidad y calidad, sin perder el toque "artesanal", aunque también se elimina la libre decisión de los operarios (en ocasiones, el procedimiento de montaje elegido no es el más eficiente, y el montador acaba descubriendo trucos para acelerar o mejorar el proceso, cosa que con estos sistemas no es posible).

Además, un registro informatizado graba constantemente todos los datos y parámetros del montaje de cada coche. Es decir, Porsche sabe exactamente quién atornilló la biela de cualquier 918 Spyder, cuánto tardó en hacerlo, con que par torsional lo hizo exactamente y a qué partida de lote de tornillos y bielas pertenecía. De esta manera, en caso de haber un fallo en el material de alguno de los componentes, o un fallo de alguno de los operarios, la factoría puede trazar con precisión cuántas unidades están afectadas, y saber exactamente el origen del problema. Y es que la trazabilidad es algo de lo que hoy en día no se puede prescindir, aún en las producciones artesanales.




A medio plazo, con el constante devenir de las evoluciones tecnológicas, la completa automatización incluso de las líneas de producción más cortas acabará llegando, y la labor del hombre se centrará en lo creativo (diseñar el producto y diseñar cómo fabricarlo) y dejará de tener relación con cualquier proceso repetitivo... Pero mientras eso llega, el poka-yoke está de moda.





miércoles, 3 de diciembre de 2014

La tinta semiconductora permite imprimir circuitos bioeléctricos en 3D.



La técnica ha logrado insertar un diodo emisor de luz en una lente de contacto.






Imagen: Una ilustración del led impreso por el grupo de McAlpine.
 
Las impresoras 3D ya son capaces de producir prototipos y piezas de repuesto tanto de metal como de polímeros. Ahora investigadores de la Universidad de Princeton (EEUU) han dado un paso importante para expandir el potencial de la tecnología. El equipo ha desarrollado una nueva forma de imprimir circuitos electrónicos funcionales con semiconductores y otros materiales. También están refinando formas de combinar la electrónica con materiales biocompatibles e incluso con tejidos vivos, lo que podría abrir el camino a novedosos y exóticos implantes. 

Gracias a cartuchos llenos de "tinta" semiconductora, se deberían poder imprimir circuitos para todo tipo de tareas, afirma el profesor adjunto de la Universidad de Princeton Michael McAlpine, quien ha dirigido el trabajo. Para demostrar la hazaña, los investigadores imprimieron un diodo emisor de luz sobre una lente de contacto.

Los procesadores y circuitos de pantalla dentro de un ordenador no se prestan a la impresión 3D porque necesitan muchos componentes complejos fabricados a nanoescala. Pero este sistema se podría usar para producir dispositivos médicos o implantes que incorporen electrónicamente. Por ejemplo, los investigadores podrían imprimir una estructura sobre la que cultivar tejido nervioso, afirma McAlpine. Y sugiere que si también pudieran imprimir ledes y circuitos en la estructura, esta luz serviría para estimular los nervios y la electrónica podría hacer de interfaz con un brazo ortopédico.

El año pasado McAlpine usó la impresión 3D para fabricar una oreja "bioelectrónica" (ver "Organos ciborg"). Estaba fabricada con células vivas sujetas a una matriz de hidrogel pegajoso; también tenía tinta conductora de la electricidad fabricada con una suspensión de nanopartículas de plata, que formaba una bobina eléctrica capaz de recibir señales de radio.

Foto: Ledes encapsulados en un cubo impreso.

Desde entonces, el grupo de McAlpine ha estado trabajando para ampliar la impresión en 3D a materiales semiconductores que permitan a un dispositivo impreso procesar sonidos entrantes. Los semiconductores son un ingrediente clave de los circuitos para procesar información y también se pueden usar para detectar y emitir luz.

Para ampliar la paleta de posibilidades de impresión 3D, el grupo de McAlpine ha construido su propia impresora ya que la mayoría de las que hay en el mercado actualmente sólo sirven para imprimir plástico. "Si intentas meterle otras cosas, se atasca", afirma. También necesitaban poder imprimir a mayor resolución. La oreja biónica, por ejemplo, tenía características milimétricas y para fabricar ledes tuvieron que pasar a la escala micrométrica.

Para fabricar el led, los investigadores de Princeton escogieron puntos cuánticos, nanopartículas semiconductoras que emiten una luz muy brillante en respuesta a la corriente eléctrica. También usaron dos tipos de metal para hacer cables y contactos eléctricos para los dispositivos, así como polímeros y una matriz de silicona para sujetarlo todo. Uno de los desafíos a la hora de imprimir con tantas tintas distintas es que corres el riesgo de que se mezclen unas con otras. Así que los investigadores tuvieron que asegurarse de suspender cada material en un solvente que no se mezclaría con ninguno de los otros.

El grupo de McAlpine creó un cubo con ocho ledes verdes y naranjas, apilados de dos en dos. Los investigadores imprimieron los ledes sobre una lente de contacto después de escanearla para que la forma de los dispositivos impresos coincidiera con la curvatura de la superficie de la lente.

"El led no es más que una parte del puzle de impresión en 3D de electrónica activa", afirma McAlpine, Una vez que los investigadores puedan imprimir materiales electrónicos activos, deberían poder crear circuitos para procesar información, sensores, detectores de luz y otros elementos, e integrarlos con tejidos biológicos, afirma. 

McAlpine y su equipo no son los únicos que están ampliando rápidamente las posibilidades de la impresión en 3D. "La mayoría de la impresión en 3D es una pistola de pegamento sofisticada que sólo imprime polímeros", explica el ingeniero químico de la Universidad del Norte del Estado de California en Raleigh (EEUU), MichaelDickey, que no ha participado en el trabajo de McAlpine. Su grupo ha desarrollado un metal líquido que se puede imprimir para formar alambres metálicos que se reparan solos.





Y la profesora de ingeniería inspirada en la biología de la Universidad de Harvard (EEUU), JenniferLewis, ha estado desarrollando impresión en 3D para ingeniería de tejidos combinando múltiples tipos de células en forma de patrones complejos que incluyen vasos sanguíneos.

McAlpine está usando la nueva técnica para fabricar dispositivos biomédicos a medida, algunos de los cuales se están probando en estudios con animales. No quiere compartir aún los detalles de este trabajo que aún no se ha publicado, pero añade que también ha empezado a hacer dispositivos electrónicos complejos con células vivas.




sábado, 1 de noviembre de 2014

LA IMPRESIÓN 3D COMIENZA A ENTRAR EN LAS CASAS.



Los gurús de las nuevas tecnologías lo califican como el invento del milenio.

        Las impresoras 3D empiezan a elevarse al estatus de Dios: pueden crear todo un mundo en menos de siete días y buena parte de la humanidad se lo cree sin haberlas visto. Cada día aparece al menos un titular con la cantinela “impreso-en-3D”: armaduras de superhéroes, ropa, comida, saxos, orejas, cosméticos, mini-yos, coches, casas, venas, pistolas, la corona de Enrique VIII. Así que, a estas alturas, nadie deja de pestañear cuando los popes de la economía mundial anuncian el tecno-advenimiento de la tercera revolución industrial.


        Hace tres años que la tercera revolución industrial está en las estanterías. Le puso tapas el consultor mundial Jeremy Rifkin –el Paulo Coelho de la economía, lo llaman–. Un vidente sin bola de cristal que augura que la economía colaborativa es nuestra última esperanza. Chris Anderson, el gurú de la revista 'Wired', lo corroboró en su libro 'Makers'. 
        Es una de las nuevas palabras 'hype' que hay que aprenderse de carrerilla: 'maker', 'do-it-yourself', 'háztelo-tú-mismo', 'prosumidores'. Los futuros consumidores serán a la vez productores. Si los últimos 20 años la vida pasaba dentro de un ordenador, en los próximos 20 se podrá imprimir en el mundo real. 
     A la infraestructura que cambiará el mundo –internet, energías renovables– se están sumando a codazos las impresoras 3D. “El invento del milenio”, lo llaman. Solo hay que echar un vistazo a las fortunas que salen ahora en 'Forbes': Stratasys y 3D Systems, los dos imperios de impresión 3D. “El crecimiento aumentará bruscamente en los próximos 5-10 años”, augura Andy Middleton, vicepresidente sénior de Stratasys. Él ya habla de un futuro con “customización 3D en masa”.
 
Un invento de ¡hace 31 años!
        Hay una curiosidad de Trivial: la impresión 3D es un invento de hace ¡31 años! Ya existía cuando empezaban a salir al mercado los CDs y Microsoft anunciaba su primera versión de Windows. El Steve Jobs del 3D es Chuck Hull. Se sacó de la manga en 1983 un sistema de fabricación por adición: se van depositando sucesivas capas de material, una encima de otra, hasta completar un objeto sólido tridimensional. Lo patentó en 1986 y fundó la empresa 3D Systems, donde sigue trabajando, con 75 años, aún sorprendido por el éxito de su idea. Un boom en expansión a medida que vencen patentes y los precios se abaratan.
        A Chuck se le debe de haber erizado el bigote al ver ya impresoras en China que miden 6,6 metros de altura y 32 de largo. Con ellas, la empresa Winsun ha impreso 10 casas de una tacada, de entre 20 y 60 metros cuadrados. “Ahora vamos a imprimir una casa de dos pisos, 200 metros cuadrados en total”, anuncian desde el departamento de márketing. En medicina también salen a diario nuevas aplicaciones impresas en 3D: que si un sustituto para las escayolas, que si una pierna ortopédica de menos de 100 euros. Las noticias que más suenan a futuro de película son las que salen de la compañía americana Organovo y de sus bioimpresoras. “Hoy en día se pueden imprimir muchos tejidos a pequeña escala, incluyendo hígado, pulmón, venas o piel”, responden desde la empresa.

Metidos en la cocina
        Las impresoras 3D también están haciendo salivar al sector gastronómico. El próximo año se meterá hasta la cocina Foodini, un invento que parece sacado de 'Star Trek'. ¿Se acuerdan del 'replicator' que generaba platos de comida con solo pedirlos? De Foodini salen esferificaciones dignas de Adrià, quiches de espinacas con forma de dinosaurio, galletas que dan el pego como telaraña. Es un invento de una compañía de Barcelona, Natural Machines. Ya tienen pedidos de más de 45 países (sobre todo, China y EEUU). Más que una impresora 3D de comida, parece una fábrica de alimentos en miniatura, compara Emilio Sepúlveda, uno de los fundadores de la empresa. “El funcionamiento se parece en algunos aspectos al de las máquinas de café con cápsulas, ya que los ingredientes se introducen en cápsulas”. El usuario elige la receta en internet, Foodini indica qué ingredientes hay que poner en cada cápsula, y se imprime el plato. “Nuestro objetivo es ayudar a la gente a volver a cocinar en casa sin necesidad de saber cómo hacerlo, en poco tiempo, usando ingredientes frescos y con unas porciones ajustadas a la persona que las va a comer”. Por ejemplo: una pizza para una persona.
        Han invertido tres años de trabajo y más de medio millón de euros, y ahora están poniendo en marcha la fábrica. Trabajan sobre todo con inversores de EEUU y Asia. “Mantener la empresa en España supone dificultades añadidas”, asegura Emilio. “Es una pena, porque hay mucho talento y ganas de hacer cosas, pero en este país hay otras prioridades”. Esperan que haya un Foodini en cada casa. “Estamos añadiendo una serie de sistemas y funcionalidades que nos permitan reemplazar alguno de los electrodomésticos existentes”, adelanta Emilio. También pretenden normalizar la comida de personas con alergias e intolerancias alimenticias. “Estamos viendo cómo podemos reproducir con otros ingredientes alternativos los mismos platos que el resto”. El aparato, de momento, cuesta unos 1.000 euros.
        Los mandamases de las grandes compañías ya no se preguntan si en el futuro habrá una impresora 3D en cada casa, sino en qué habitación. Según la Biblia de la impresión 3D –los estudios de mercado de Terry Wohlers–, las ventas mundiales se acercarán a los 6.000 millones de dólares en el 2017; llegarán a los 10.800 millones en el 2021. A quien se le acabe de poner los ojos en forma de dólar que prepare machete y salacot para informarse. “Es inquietante ver la sobre-simplificación que hay de la tecnología 3D –advierte Wohlers-, se supone que pulsas un botón y aparece de repente una deslumbrante cosa nueva”. En el mundo real, antes de pulsar el botón, alguien tiene que diseñar esa deslumbrante-cosa-nueva. Y después, seguramente haya que esperar horas a que se imprima.

Mini yos para tartas de bodas
        Hay que leer con ojos escépticos. Pulula por ahí más de una nota de prensa falsa. Han llegado a hablar de clones vivientes por impresión 3D. “Se escribe sin conocimiento directo o usando falsas notas de prensa (publicidad encubierta de marcas de impresoras 3D)”, denuncia Cleto de Matos, responsable de ThreeDee-You. “Por eso distribuimos el año pasado una nota de prensa de ciencia ficción [la de los clones vivientes] que fue publicada en una docena de medios”.
        ThreeDee-You, con sede en Madrid, crea miniclones (de momento, sin vida) desde el 2010. Retratos escultóricos. Suya es la marca registrada foto-escultura. Las que más se venden: mini-yos para tartas de bodas, comuniones y cumpleaños. Es como ir a un estudio de fotografía, pero todo negro y con un pedestal en el centro. El cliente posa dos segundos y medio y tres semanas después recibe una foto-escultura tipo cerámica. Cuestan entre 69,50 y 299,50 euros. Hasta el día 20, se puede ver una muestra de estas personitas en el hall del Hotel Silken Puerta América, en Madrid. Cleto de Matos es escéptico. “Últimamente todos los medios ponen mucho énfasis en la herramienta y ninguno en la obra, como si a alguien le importara la marca de pinceles o de óleo que usaba Picasso”.
        Otros recuerdos escultóricos que se están poniendo de moda son las ecografías impresas en 3D. Minene3d las hace por 99-189 euros. Es una idea que ya ha permitido, por ejemplo, que una pareja invidente conociera a su bebé antes de que naciera, explica Nacho Pulido, promotor de la compañía.

Esto es para frikis
        “Sé realista, pide lo imposible”, reta una de las paredes de EntresD, la primera tienda-showroom de Catalunya dedicada íntegramente a la venta de impresoras 3D. Frente al escaparate, hay tres impresoras 3D con las tripas rugiendo rodeadas de figuritas que han salido de ellas: una gallina, un robot articulado, la cara de Justin Bieber. Las impresoras pitan a ratos como si las estuvieran matando. “Para avisar de que queman”, se justifica por ellas Marc Torras, fundador de la firma. El año pasado se trajo 50 impresoras de China, donde vivió 11 años. Ya ha vendido casi 500. “Esto es para frikis’, nos decían. Así que la presentamos en el Salón del Cómic –recuerda–. A la semana siguiente, el teléfono no paraba”. Pero eran los padres de los visitantes del salón. Sus clientes: “Departamentos de diseño de cualquier empresa”. Para hacer prototipos, sobre todo. “Esto [Marc coge una gallina de plástico] antes costaba 300 euros. Ahora cuesta 30 céntimos”. ¿Que si es difícil? Marc responde sin soltar la pieza de plástico. “Esta gallina la ha hecho un niño de 6 años con un taller de media hora”.

        Su hermana María, a su lado, es capaz de enseñar a diseñar a un adulto en menos de 10 minutos (da fe la redactora que lo escribe). Se puede probar gratis en tinkercad.com, por ejemplo. Ya hay webs donde se cuelgan diseños a lo Facebook. Te gusta, lo imprimes directamente, o lo modificas y lo vuelves a colgar mejorado. En el escaparate de Thingiverse (www.thingiverse.com) hay recambios de Ikea, e incluso manos biónicas, que niños amputados pueden irse imprimiendo según vayan creciendo. Una pieza hueca de la altura del dedo índice –la gallina de antes– tarda media hora en imprimirse. Una cara de Terminator del tamaño de la palma de mano, unas 5 horas.

Sexo en 3D
        ¿Lo más raro que han visto salir de una impresora 3D? Marc mira a su hermana: “No te pongas roja”, se ríe. María enseña un post que escribió en el blog de la empresa: “Sexo en 3D”. El mercado X fue el primero en ponerse al día. La firma Makerlove ya ofrece gratis diseños de vibradores con la cabeza de Justin Bieber o Hello Kitty listos para descargarse. Dildo-Generator permite crear dildos personalizados a partir de un cilindro que se deforma a gusto del diseñador.
        A los Torras hasta les han propuesto imprimir pistolas (ya las hay disparando en YouTube). “Cuando esto evolucione más, tendrán que salir nuevas leyes que regulen esto”, apunta Marc. “Puedes imprimirte una pistola, pero no puedes tenerla. Igual que el copyright: si diseño un Darth Vader, lo puedo colgar en nuestra web mientras lo ofrezca gratis”.
        Marc Torras habla delante de cuatro hileras de bobinas de colores. A primera vista parecen rollos de cable, pero no. Es filamento, el nuevo material ubicuo. Si alguien habla de “impresora 3D”, sin más, lo más probable es que se refiera a una impresora de filamento. FDM o FFF. “Fabricación con filamento fundido”. Vendrían a ser el Ford T de las impresoras 3D. Son las más vendidas. Las más baratas. Los recambios son esas bobinas de filamento que hay detrás de Marc (un rollo de 1 kilo cuesta unos 20 euros y ya están saliendo recicladoras que convierten las piezas otra vez en filamento). ¿Cómo funcionan? La impresora funde el plástico y lo va soltando capa por capa a lo manga pastelera.

La más barata, 600 euros
        Marc vende impresoras 3D de sobremesa ya montadas. La más barata, 660 euros (más IVA). El año que viene, quizá en dos años, costarán 300. “Hay gente que ya se las lleva a casa, los 'early adopter'. Pero el gran mercado aún cuesta”, reconoce. “Es una revolución dentro del mundo del diseño industrial [los prototipos, los recambios]. Falta ver si habrá una revolución en el consumo”.
        Llegados a este punto, cuando a un neonato en impresoras 3D se le empiezan a poner los ojos en blanco, cualquier distribuidor le hará una pregunta simple: “¿Para qué la quiere?”. Se pueden encontrar impresoras desde 200 euros hasta 400.000, que es lo que cuesta la Fortus 900mc, la mayor impresora de filamento que hay en el mercado (tiene la altura de una persona). Por cierto, hay 8 en el mundo y una de ellas está en Zaragoza desde el pasado julio, en el centro tecnológico Aitiip. Imprimen productos para el sector aeronáutico, automoción e incluso para el deporte de élite. De esta impresora salió la máscara protectora con la que se ha estado entrenando el jugador del Atlético Mario Mandzukic.
        Lo más probable es que ahora esté pensando en googlear “impresoras 3D low cost”. Eso le meterá de lleno en la comunidad RepRap, otra nueva palabra que apuntar en el manual del buen moderno. Son modelos de hardware libre (campan gratis por internet) y autorreplicables (algunos pueden imprimir sus propias piezas). La filosofía RepRap vendría a ser el háztelo-tú-mismo extremo: bajarse las instrucciones, ir a buscar las piezas a la ferretería, montar, calibrar, cablear, soldar, quizá 50, 100 euros en total, pero una odisea para alguien que mire con respeto a un taladro. “Como mínimo tienes que ser manitas”, advierte un ingeniero que montó una por su cuenta. Así que el háztelo-tú-mismo ha ido evolucionado al construye-tu-propia-impresora-en-un-taller-que-incluye-un-kit-con-todas-las-piezas. Con ayuda, se puede tardar en montar entre 7 horas y 2 días.
        Ya hay por el mundo más de 200 marcas de RepRap. Hasta se puede encontrar un modelo RepRap con apellido de Barcelona: BCN 3D, de RepRapBCN, un proyecto de la Fundació CIM de la Universitat Politècnica de Catalunya, que vende impresoras online (desde 660 euros) y organiza workshops y jornadas técnicas (todos los ingresos van a parar a becas).
La desventaja de las RepRap que airean los distribuidores de otras impresoras: que hay que retocarlas demasiado. La ventaja con la que contrarrestan sus acólitos: que si se estropea algo, sabes exactamente qué pasa. “Y puedes ampliar la máquina con amigos y comunidades”, apunta Rodrigo Carbajal, uno de los fundadores de Studioseed, que también organiza talleres de RepRap.
        Cuidado con las impresoras baratas, advierte un colaborador del estudio, Affonso Orciuoli, arquitecto brasileño que lleva casi 20 años en el mundo 3D. “Te van a dar muchos problemas”. Tanto él como Rodrigo auguran que todos tendremos una impresora 3D en casa. “Como ahora todo el mundo tiene una impresora de inyección de tinta”, añade Rodrigo. “¿La utilizas? Para imprimirte cualquier chorrada. Yo si tuviera niños, me compraría una impresora 3D en lugar de comprarle juguetes”. Lo más surrealista que se han encontrado: que una impresora toque la melodía de 'Star wars' con el ruido que hace al imprimir.
        Sin impresora en casa, ya se puede imprimir en 3D en un buen número de copisterías e incluso en cafés (el primer FabCafé de Europa se abrió en marzo en Barcelona). Hay servicios online, como 3Dhubs, donde envías tu .stl (el formato de los diseños 3D), eliges una ciudad y aparecen todas las empresas que dan servicio de impresión 3D, con sus precios, materiales y dirección. En Barcelona salen en un clic 34 alternativas; en Madrid, 30; en Londres, 95; en Nueva York, 128.
        “Europa no es EEUU, y España aún menos. Se quedaron en el filamento”. Hay que subir un escalón en el mundo 3D para hablar con Joan y Oriol Raventós, 29 y 28 años, primos y fundadores de la start-up Stalactite3D, con sede en Barcelona. Solo con el prototipo de su impresora ganaron a más de 5.000 propuestas en el concurso HighTech XL Start-Up BootCamp Accelerator de Eindhoven (Holanda). Su mérito: diseñar “la primera impresora europea esteriolitográfica de sobremesa de alta definición”, dicen de carrerilla. Para el resto de mortales, vendría a ser el BMW de las impresoras 3D. 2.895 € (más IVA).
        La estereolitografía es otro tipo de impresión 3D. En vez de rollos de filamento –explica Oriol–, utiliza un líquido que se solidifica mediante un láser o un proyector. Las piezas quedan mucho más definidas. Además, pueden imprimir objetos elásticos y trabajar con materiales para procesos de fundición (moldes para joyas de oro o plata). Está dirigida al sector profesional. “Nos llegan consultas desde joyería, protésicos dentales, maquetistas, arquitectos”, apunta Oriol. De su impresora han salido hasta prótesis para periquitos y joyas personalizadas para el cine.
        Arrancaron a base de 'crowfunding'. “Es la fórmula que se ha puesto de moda porque no hay financiación por ningún lado”, se resigna Oriol. En el mundo de las impresoras 3D, marca mucho la plataforma de lanzamiento, añaden. “Además de conseguir financiación, es una forma de darte a conocer en el mundo entero. La buena es Kickstarter, pero solo puedes lanzarte ahí si eres una empresa americana o del Reino Unido”. Ellos se lanzaron en Indiegogo. En dos meses recaudaron 50.000 euros. “De este tipo de impresora, en Kickstarter el que menos ha sacado ha sido medio millón de dólares”.

Ciudades en el espacio
        ¿Que qué veremos salir de una impresora 3D en los próximos 5 años? ¿En 10? ¿En 50? “Llega un momento en que ya no te sorprende nada”, se encoge de hombros Nacho Mor, CEO del primer centro de impresión 3D offline de España, Just Make. “Se habla ya de construir ciudades en el espacio mediante impresión 3D”, añade. De momento, él está montando con Reimagine Food y el chef Paco Morales una cena para el 3 de diciembre (el 3D) que se realizará simultáneamente en Barcelona y Nueva York y en la que estará todo impreso en 3D: pabellón, mobiliario, vajilla y comida.
        ¿El límite? “No hay límite”, menean la cabeza la mayoría de distribuidores. Todos esperan como a un Mesías a las impresoras multimaterial, que puedan imprimir plástico, tela, metal... Esa será la revolución doméstica, auguran. Aunque están convencidos de que la impresión 3D no llegará a competir con la producción masiva. “Las impresoras de papel no las usamos para imprimir libros”. De momento, los diseñadores 3D empiezan a convertirse en los nuevos manitas: se rompe algo, lo diseñan, lo imprimen, 50 céntimos. Así que quien quiera salir del paro, aseguran, que vaya aprendiendo a diseñar en 3D. O, mejor aún, que venda los recambios de las impresoras. “Ese será el negocio”.